No era un hombre corriente; era una excrecencia del intelecto, una masa de ciento cincuenta kilos de carne erudita y convicciones metaf sicas que desafiaba las leyes de la higiene y de la econom a moderna con la misma ferocidad con la que un profeta desaf a a las termitas.
Basil Vane habitaba un universo regido por dos fuerzas absolutas: la m trica de los cl sicos latinos y los caprichos de su propia v lvula pil rica. Para l, el mundo exterior, con sus f bricas de conservas y sus agentes de polic a montada, no era m s que una falta de geometr a, un error de c lculo divino que l estaba destinado a corregir mediante el insulto refinado y la inacci n gloriosa.