Te has preguntado alguna vez qu hace falta para pasar de repartir pizzas en bicicleta a dirigir una videollamada con inversores en Tokio desde una oficina en el piso 42 de Manhattan?
Felix Mart nez no hered una fortuna. No gan la loter a. No tuvo suerte. Tuvo hambre.
Hambre de cambiar. Hambre de crecer. Hambre de construir algo m s grande que su propia historia.