Hay amaneceres en los que, al abrir los ojos, todo parece encajar, como si el universo hubiera susurrado armon a al desorden. Pero esa percepci n, tan dulce como fugaz, no nace de certezas, sino de un profundo anhelo, de un espejismo de mi alma que sigue buscando abrigo.
No es el mundo el que se ajusta a mi medida, sino mi esperanza la que disfraza el caos, como un artista que transforma el vac o en paisaje sereno.
Cuando se disipa la bruma de mis deseos, comprendo que casi nada est en su lugar, que gran parte de lo que creo ser, a n flota sin rumbo en un oc ano sin puerto. Entonces, la vida me murmura su ense anza m s callada: no hay promesa capaz de otorgarme plenitud porque la dicha, como el sentido, nace desde dentro.
La felicidad no se conquista ni se guarda. No es recompensa, trofeo ni meta. No reside en lo tangible que acumulo, ni desaparece con lo perdido. No pertenece al mundo exterior, acaparado o arrebatado, no es del reino de las cosas, sino que habita el santuario del esp ritu.
En ese rinc n sagrado, al fin entiendo que no se trata de tener, sino de ser. Encarnar el presente. Ser conciencia, ser amor. Porque la alegr a es hija de la autenticidad, es fruto de la verdad interior; eclosiona cuando mis acciones est n alineadas con el misterio de lo que amo, es su consecuencia.
No se reconoce la felicidad por los hechos, sino por su esencia, por lo que irradia, por la luz que brota al elegir la bondad, el agradecimiento, la pureza, la redenci n, la paz, la belleza, la compasi n, el perd n.
La felicidad real s lo llega cuando se vive la Verdad. Y la Verdad no es una idea ni un concepto: es una Persona. Se llama Jes s, que tambi n es el Camino, en el cual somos peregrinos.
Todo descansa, al final, en cuanto amor haya en lo que soy porque uno termina siendo aquello que ama. Y solo entonces, siendo amor, es cuando realmente estoy en casa.
Related Subjects
Poetry