El d a que Remedios Aldana apareci muerta en el r o, nadie en Aguaclara se sorprendi demasiado, porque tres semanas antes ella misma hab a asistido a su propio velorio. Llevaba puesto el mismo vestido amarillo que el coronel Bautista hab a elegido para amortajarla, y entr por la puerta trasera de la iglesia con la serenidad de quien regresa de un viaje corto, saludando con una inclinaci n de cabeza a los que lloraban ante su ata d vac o.
El padre Cienfuegos, que hab a oficiado la misa de r quiem sin que nadie le hubiera entregado el cuerpo -porque el r o en esa poca del a o se lo llevaba todo, los animales muertos, las cartas mojadas, los secretos que la gente arrojaba al agua creyendo que el agua los destru a en lugar de preservarlos- la vio avanzar entre los cirios y sinti que el coraz n se le deten a durante exactamente el tiempo que tarda una vela en doblar la llama ante un golpe de viento. Nadie habl de ello esa noche. En Aguaclara, hablar de ciertas cosas equival a a invocarlas por segunda vez, y el pueblo ten a ya suficiente experiencia con las consecuencias de nombrar lo que prefer a ignorar.