Un texto en sala de espera, donde el tiempo y el cuerpo se observen mutuamente. Un lugar donde el presente se acuesta en la camilla y el recuerdo sostiene la l mpara. Un paisaje que no se aleja, sino que se posa en la piel como humedad suave. Y en ese silencio que sabe a sal y a tierra, el cuerpo y el mundo comparten el mismo pulso.
Una presencia antigua que se reconoce sin esfuerzo. Un cambio que se recuerda por el silencio que sigui las palabras. Flashbacks que no son visitas, sino di logos. Br julas con intuici n. Recuerdos que no saben despedirse. Suturas en miradas que ped an disculpas sin pronunciar palabras. El dolor que no se disfraza, porque el cuerpo sabe caminos que la mente no puede descifrar.
Bacterias que nos recuerdan que lo esencial no siempre tiene forma. El mundo que se ralentiza en la cama de un enfermo. El llanto: el que gotea sin ruido y el que estalla. Letras que tienen memoria, y tambi n tacto. Recuerdos que se sientan en una esquina del alma, que se da de alta en medio del proceso. Miradas que aprenden a leer las suturas del tiempo y que se abren a la posibilidad de seguir, no desde la certeza, sino desde lo posible.
Esta prosa de Soledad Morillo Belloso no se lee: se ausculta. Se palpa como un latido escondido. Se examina como un cuerpo que guarda secretos. Porque en cada palabra hay belleza, hay profundidad, hay dolor, asombro, miedo y amor. Todo lo humano, todo lo vivo.
Carolina Jaimes Branger, ESCRITORA