En el a o del Se or de 1836, cuando los vientos de la desamortizaci n barr an los campos de Castilla como una niebla que disuelve las sombras de los viejos robles, yo, don Eleazar de la Vega, presb tero de la iglesia de San L zaro en el pueblo de Valdearroyo, me sent por primera vez a escribir estas cartas. No lo hice por vanidad ni por el af n de la posteridad, que es un velo tras el cual se oculta el orgullo humano, sino por amor a ti, mi hijo Javier, que partiste hace veinte a os hacia las ciudades del norte, llevando en el alma una herida que ni el tiempo ni la distancia han sanado.