INTRODUCCI N Si yo pudiera resumir en cuatro palabras la impresi n que mi padre dej en m , cuatro solamente, estas ser an: precursor, conciliador, veraz y tenaz. Conciliador del hombre con Dios. Conciliador del hombre consigo mismo. Conciliador de los unos con los otros. Conciliador del chileno con su identidad borrosa y alienada. Nunca negoci con la mentira. En ning n mbito. Conciliador del hombre de su siglo con la belleza enga ada, que solo se la percibe de la mano con la verdad. Siempre trat de extraer lo mejor de las personas y situaciones. Para lograrlo, continuamente se permiti una inmersi n profunda en todo an lisis. Y pod a hacerlo, teniendo una sensibilidad fuera de lo com n, que lo hac a percibir la verdadera realidad m s all de cualquier apariencia. F cilmente se confundi su agudeza de esp ritu con un car cter critic n, exigente y una cruda sinceridad, que f cilmente atemorizaba. Pero su objetivo no era aplastar o alienar, sino avanzar, partiendo de esa realidad invisible y ahora al descubierto. Yo solo conoc de l al gran m sico, al formidable pedagogo, y a su creatividad desbordante y cotidiana: Lo veo sentado al piano cada ma ana, buscando armon as o estudiando partituras. Lo veo levant ndose de la mesa a la hora de almuerzo e ir a su escritorio, sentarse un par de minutos a tecletear furiosamente sobre su m quina de escribir, y regresar a la mesa, sin cortar la conversaci n que hab a quedado en suspenso. Lo veo llev ndome de la mano a la imprenta donde hab a mucho ruido y largas conversaciones con el impresor. Lo veo llev ndonos a mi hermana Marcela y a m a sus ensayos, a conciertos sinf nicos en el Municipal, a conciertos de alguno de sus coros en alguna poblaci n, o en la c rcel. Lo veo haciendo dibujos para alg n pr ximo cambio en el interior de nuestro departamento, eterno taller de su creatividad. Lo veo volviendo feliz del Mercado Persa, con un pedazo de fierro retorcido, que l ya hab a visto transformado en l mpara. Lo veo inventando de la nada, con unos papeles viejos y mil veces utilizados, unos pesebres maravillosos, donde yo ten a el privilegio de poder pasarle los alfileres que sostendr an las rocas de su construcci n. Y tambi n lo veo gritando hasta desga itarse al borde de la piscina, cuando a m me tocaba campeonato. Lo veo yendo al Mercado Central conmigo a su lado, donde los olores me eran casi insoportables. Pero por estar con l, lo resist a. Se deten a en cada escaparate, hablaba con cada vendedor, y esto duraba horas. Luego regres bamos a casa con solo un gran ramo de crisantemos comprado a una de sus caseras. Lo veo haci ndole arrumacos a mi mam para hacerla sonre r. Esa fue su pedagog a. As nos ense . En total informalidad, convencido como estaba, que el ejemplo propio y veraz era el mejor pedagogo. En esto, precursor en la educaci n chilena, quien todav a no quiere aprender.
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