Como dijo alguien sobre Antonin Artaud, su lenguaje constituir en un futuro el suelo de nuestro idioma, y lo que hoy experimentamos como l mite habr alcanzado el tono de la normalidad. Una prueba de ello es que, a os m s tarde de su primera edici n, este poemario, en el que se advierte un buen temple po tico, fue recibido en la exclusiva Castalia de la oficialidad, como as lo refleja la ambiciosa antolog a Letras espa olas, 1976-1986, dirigida por Andr s Amor s y supervisada por V ctor Garc a de la Concha, entonces Director de la Real Academia de la Lengua. Sucesos m s extra os se han visto, seg n confiesan los caminantes. A aquellas primeras heridas, a n hoy abiertas, se han unido el xodo, el temblor y la sangre de los oprimidos del siglo XXI, ese infausto coro de voces de los que no tienen voz y en el que he puesto mi empe o para que no muera en el silencio. Empero el plectro, tal vez m s cascado, sigue siendo el mismo. Por mucho incienso que se eche sobre sus vocablos, no es domesticable, porque nace, como aquel primigenio, no de los lirios, no del agua y su estallido de cristal, sino de la sangre que la H cate, terrible y poderosa, sorbe a los hijos de la Tierra, atravesados por los clavos de la desesperaci n, el hambre y la guerra. He tornado su agon a en afligida endecha, porque ahora el verso es un luto, y el poema nav o de sufrimientos. A tu coraz n lo env o, humano, hermano m o, para levantar en l las espumas de la indignaci n y el amor, y si encuentras en l un sorbo de agua pura, un atisbo de belleza entre tanto dolor, mi af n se habr colmado.
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