Darod, de niño, solía perderse imaginando un mundo sin sombras, aunque sabía que la luz no brillaría igual. Las sonrisas de See, su hermana, no habrían deslumbrado en la penumbra, y probablemente nunca habría conocido a Luna, aquella que cambió tantas cosas en su vida. Desde entonces, aprendió que hay cosas por las que uno está dispuesto a todo. Daría cualquier cosa por proteger a quienes ama, y no dudaría en destruirse a sí mismo antes de permitir que el peligro los alcanzara. Cada decisión, cada riesgo, estaba marcado por esa lealtad silenciosa y feroz, por ese instinto de guardián que lo definía incluso antes de entender quién era realmente.